"Con su delicado arte de tapa con un bello dibujo naif, en medio de la dura sangría de 1976, cuando todos se habían rajado o escondido, apareció en las bateas de las disquerías de Buenos Aires este álbum del grupo de nombre imposible, Melimelum, solitario entre otros lanzamientos discográficos del momento, muerto de toda promoción, abandonado por su sello discográfico (nada menos que CBS), pero lleno de encanto, sutileza y una desarmadora sencillez. Desbandados Pedro y Pablo, dispersados con sus amigos de la cofradía entre El Bolsón y las playas del sur de Brasil, Jorge Durietz, rey del bajo perfil, dejó de lado un rato el canto de protesta (que en esa época podía significar un certificado rápido de defunción) y junto a un grupo de estupendos músicos como Eduardo Figueroa en guitarra y voz, o Fernando González en flauta traversa, armaron en el estudio este bello álbum con el nombre de Melünelum. Un compendio de poesía mínima sin pretensiones y una apelación a un mundo más personal, intimista, lejano a los duros enfrentamientos de la década, estaba orientado mayormente al rescate de ese eterno verano de nuestra adolescencia que se fija en la memoria, se embellece y se resiste a morir, pese a que los años hagan estragos en nosotros y en nuestros recuerdos. No mucho más es este exquisito disco, ignorado totalmente por la crítica y el público rockero en su época (la gente andaba en otra cosa, claro), lo que ya por entonces nos pareció injusto, aunque inevitable.
Porque este hermoso álbum no tiene casi desperdicio. Desde "Rosado atardecer", donde las guitarras y el bajo van recreando una atmósfera pastoral increíblemente dulce en la voz frágil pero convincente de Jorge Durietz. "Matinal surgimágico" (del propio Durietz) ofrece ya un logro más trascendente, con su cálido contrapunto de guitarras eléctricas, voces tenues, coros casi perfectos, recreando un clima de encanto, etéreo. Un renglón aparte para los punteos de la guitarra eléctrica y la cálida voz de Durietz, recitando una letra incitante. Pequeña poesía hecha rock. Un clima parecido domina "Pinamar de ayer", también de Durietz, sentido homenaje a los veraneos del ayer y a las playas ya muy distantes en el tiempo de los páramos del viejo Pinamar. "Tenores primales. Liberiola III" (de Durietz y Figueroa) aporta en cambio un toque refrescante de fusión y jazz rock al mango, tan efectivo como atrapante. "En el otoño", otra de las delicadas églogas de Durietz, nos maravilla por su lánguida y bella melodía, las voces refinadísimas y el clima melancólico que aportan los acordes de sus cálidas guitarras. Seguramente uno de los mejores temas del disco, que los tuvo para todos los gustos. En resumen, para los que simplemente no se enteraron allá por 1976, Melimelum fue un dignísimo, encantador y solitario trabajo de una banda que supo dejar un recuerdo de poesía y paz en tiempos peligrosos, en tiempos de una dura y cruel soledad. E.G.C."
Sergio Coscia: "Los 138 discos que nadie te recomendó" (extracto)
Síntesis: Habrá que esperar nuevos trabajos del grupo para evaluar con mayor precisión sus condiciones.
Integrantes:
Jorge Durietz: Guitarra. voz
Daniel Russo: Bajo, Piano, guitarra, arreglos
Fernando Gonzales: Flauta traversa
Eduardo Figueroa: Guitarra, voz
Nicky Mitchell: Batería
Temas:
01- Rosado atardecer
02- Matinal surgimágico
03- Pinamar de ayer
04- Terrores primales, liberola III
05- Para Campanita
06- En el otoño
07- Dame, dame la mano vida
08- Compréndalo, señor
09- Blues de los diez baldes de arena
10- Sol amarillo, liberiola II





